La
capital aplasta todo y corrompe la cabaña y
pronto ya no existen. Va a
ser sólo la memoria de aquellos que la vivieron, y que vieron las fotografías, como los que están en el archivo de este blog.
(Por Luis Fernando Arbo)
(Por Luis Fernando Arbo)
Depósito de sí mismo que es la foto de la vieja casa. Es una
resistencia al progreso. El sufrimiento de forma estática destinada ha ser enterrado
y reemplazado por un edificio comercial, una casa moderna, etc.
¡La casa
reacciona! Es una burla a la nueva
ciudad. En su
sótano, muchos fantasmas vagando
errantes, la crónica de sus dramas familiares, alegrías,
celebraciones y varias desgracias.
¿Quién vivió allí? ¿Por qué razón
ha llegado a un punto de decadencia y decrepitud?
Las
casas, como ocurre con los hombres, también mueren. Los hombres tienen la primacía de la creencia en la inmortalidad. Se sirve
de consolación.
Todo
tiene su pico y su declive puesta del
sol. ¡Obvio! Me duele verlo
en el simbolismo de una casa. La casa tiene el número 885. Número prácticamente
inexistente, en su totalidad significativa en el pasado, pero ahora un edificio en ruinas.
¡Luto se acerca! ¡Luto inevitable!
Confieso que siquiera es necesario entrar
en la cabaña y me dijo que ya
conozco su interior. ¿Algo de una vida pasada? Tal vez he vivido allí, porque creo en la reencarnación según el Espiritismo.
Tenía yo un poder bajaría (en el sentido legal
de protección, se vuelven indestructibles y en conserva) la dicha casa. Sería intacta y
preservada. Sería
una parte de
la ciudad no afectada por ese progreso.
Un contraste al nuevo. Un pequeño universo con
forma de mostrar que ni todo tiene
la misma ruta y destino.
Pero nada! Gran ilusión! Un nuevo panorama va a
prevalecer. La capital aplasta todo, y la cabaña pronto no
existe. Va a ser sólo la memoria de aquellos que la vivieron, y que vieron las
fotografías, como los que están en el archivo de este blog.
Y es que todo resulta en el archivo. ¡Incluso Bill Gates! Esta casa es un poco de melancolía que la finitud nos provoca. Resistir con la conciencia de que pronto seremos como esta casa, camino viejo y
decrépito, es lo inevitable. Se
convertirá mero recuerdo en la
memoria de quien conocía y amaba,
o permanecerá en cualquier foto en un álbum debilitado por la acción innegociable e
irrevocable del tiempo.
Y así seguimos: haciendo
artesanías del dolor.
Y parece que veo y escucho la poesía del cuervo siniestro
de Edgar Allan Poe (con su idea irreductible
de la irreversibilidad de las
cosas) diciendo: “ ¡Never more! ¡Never more!”

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